Cuando nuestro cuerpo nos
abandone la memoria será nuestro único equipaje, por eso debemos guardar todas
aquellas experiencias que valga la pena recordar, lo demás solo son los grises
que le quitan el color a la vida. Lo que
no haya merecido la pena deberá quedar depositado en el contenedor de basura de
la existencia. Los recuerdos son
nuestros hijos pródigos, como el primer amor, cuando el universo se detenía porque así lo deseábamos desde la cárcel de
la timidez acariciados por la distancia del silencio cuando estábamos frente de
esa niña-adolescente, nunca los recuerdos fueron tanto. Del otro lado del abismo sucederá de nuevo
el big-bang de los recuerdos y no deberemos olvidar nuestra primera aventura,
los colores de las flores, la fragancia del bosque, una taza de café, el olor a
tierra mojada, las noches de campamento pendientes del trajín de las estrellas,
cuando hablábamos con el silencio. Hoy como
siempre querido lector solo tiene que darle la mano a la imaginación y dejar
que le lleve hacia los campos de la memoria, salir al aire libre de sus
recuerdos y lo que va a materializar con la varita mágica de su mente no puede
ser comprado. Sin embargo puede adquirirlo si accede al reino de
las pequeñas grandes cosas que alguna vez le hicieron feliz, recuerde el
desierto pletórico de estrellas que como candiles le iluminaban sin pudor,
recuerde si primera inmersión bajo el agua del océano cuando por un momento se
mezclo con él y fue un organismo mas. Los
montones de veces que feliz le dijo al buen Dios: Gracias Padre, por incluir el
arco iris cuando se pulveriza la cascada al chocar contra las rocas y
convertirse en lluvia fina, al caer sobre tu espalda te sentiste abrazado por él
en cada gota y eso te hizo sentirte moderadamente feliz. No nos apresuremos a borrar la pizarra de
nuestra memoria que es una extraordinaria medicina para nuestra idiotez crónica,
si deseas vivir feliz debes recordar, solo desaparece lo que se olvida…

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