EL PARAISO PERDIDO

Hoy le contaré un secreto querido lector: cuando llegue la muerte no nos iremos al paraíso, estamos dentro de él  ¿acaso no es paradisíaco el mar y los delfines, la selva, las flores y las montañas, las frutas y las mujeres, la música y la primavera?, solo basta con abrir los ojos, abrir la puerta y empezar a ver las cosas de otra manera, entrar con el corazón a la selva más oscura y a la vez mas rica porque todo es novedad, vale la pena cruzar el umbral, tirarse al mar al que solo habíamos escuchado a lo lejos, arriesgarse a navegar entre las rocas, a pasar por los lugares más estrechos, solo yendo de extremo a extremo podremos saber que la verdad es estar atento porque en cualquier momento se nos revelará de qué se trata todo esto de la vida, sin perder de vista al mundo alcanzaremos al espíritu, creceremos constantemente sin darnos cuenta que solo estamos  jugando con las flores de lo esencial, seremos tan bienaventurados que gozaremos todo sin quedarnos con nada, nuestro amor serán todos, y nos casaremos con el mundo a cada instante.    Cuando nos demos cuenta que nos fue entregado el mundo con un tesoro y que con el paso del tiempo lo hemos ido devaluando por las tonterías que nos ha contado la gente superficial que sintetiza todo en el dinero.   Los Sioux no reconocían la propiedad privada de la tierra ni de otros bienes que excedieran las necesidades reales, creían en un desarrollo del alma dirigido a lo esencial de la condición humana.   Los Sufís, tibetanos y aborígenes australianos fuerzan su cuerpo y su mente para llegar a situaciones extremas para acabar con el miedo, para ver más, para estallar, para renacer, es decir para nacer verdaderamente. El miedo es el que nos impide cambiar de pensamiento, ver desde otro lado, ver en todas las direcciones.   Los occidentales nunca hemos podido crecer esencialmente porque el miedo surge de la idea de la propiedad, el miedo aparece cuando hay algo que perder: un prestigio, una imagen, un trabajo, una mujer, una casa, el poder, el miedo está ligado a esa ilusión de posesión de propiedad, por eso cuando no hay propiedad no hay miedo, entonces aparece la libertad, inevitable para vivir.    Decía el evangelista Mateo: “Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No sois vosotros de mucho más valor que ellas?”    La mayoría buscamos hasta la muerte  al paraíso sin darnos cuenta que siempre hemos estado en el, que no está perdido sino olvidado, la mayoría muere en lo desconocido por no animarse a vivir lo conocido.



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