El despertador lleva un par de minutos sonando, de forma
incesante, como si billones de átomos estuviesen en el celo, como si fuese a
explotar en cualquier momento. Cuando por
fin logre silenciarlo, me encerré en ese reducto de paz que llaman cuarto de
baño, encendí el agua caliente y me dispuse a cantar “o sole mio”, pero como un
geiser hirviente el agua broto con fuerza desde el sumidero dándome un susto de
muerte. Mientras me vestía escuchando
la radio, no pude dejar de pensar que a mí las crisis económicas me dan hambre,
así que abrí el refrigerador en busca de consuelo y opte por unas albóndigas sobrantes
de la cena que, aunque medio quemadas, resultaban todavía comestibles. Después de desayunar, el espejo me presento
la imagen de un hombre sumamente estropeado por los años, salí al jardín y
levante la vista al cielo, en el cenit dos gruesas y redondas nubes se iban
encendiendo de color carmesí, el cielo se torno de rojo y empecé a notar que
estaba anocheciendo a las ocho de la mañana, ¿Acaso es el fin del mundo?, pero
lo deseche enseguida ya que pensé que tal evento iría precedido de sonoros
trompetazos en la calle y no venían otros ruidos mas allá de los normales. Me volví a la cama sonriendo mientras
pensaba; el bueno de Dios se había descuidado y su computador acababa de ser
infectado por un virus…

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