Cuando yo llegue, el ya estaba allí, el tendría ocho o diez años, no mas, al tiempo que me toco llegar a mí. Solía andar en el bar “la armonía” propiedad de mi padre. Goyo al que a pesar de los muchos años transcurridos no vayan ustedes a pensar que ha engordado demasiado lustraba zapatos, hacia uno que otro mandado y de esta manera atesoraba alguna que otra propina que ayudaba a la entonces flaca ubre familiar. Mi madre solía ponerme en sus brazos para que me cuidara mientras ella realizaba las labores del hogar y es por ello que juntos empezamos a andar este asunto de vivir, el me enseño infinidad de cosas, desde alguna que otra mala palabra; que solía decir que las malas palabras no existen, si no las malas intenciones con las que se dicen algunas cosas, pero también me enseño a mirar hacia arriba y de alguna manera sospechar el infinito y entender la vida. Formaba parte de las pandillas infantiles como uno más, y su notable diferencia de edad le hacía naturalmente; el gran descubridor de los misterios de los niños, y como nos amaba, para cada uno de nosotros tenia siempre una palabra de consuelo, un abrazo, un juego nuevo o un caramelo. Un día me crecieron las alas, me fui del pueblo y él se quedo pastoreando estrellas y a guardarlas como un regalo maravilloso hasta que yo algún día decidiera regresar. Y empezaron a pasar los años, algunos al principio muchos después, demasiados quizás. Es curioso; un hombre que amaba tanto a los niños, sin embargo la vida no le había dado nunca un hijo. Un buen día recibí una carta de mi madre que en su idioma provinciano y entrañable me decía: ¡si vieras lo contento que anda el Goyo! Quien lo iba a decir, “a la vejez viruelas” acaba de ser papa, y a mí se me lleno el corazón de alegría y con la imaginación extendí mis brazos y me eche a volar hacia el sur para estrechar en ellos a mi querido amigo Goyo y al Goyito….
Alberto Cortez

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