COMO DESTRUIR EL LENGUAJE

Los eufemismos son palabras o expresiones más aceptables o menos ofensivas que sustituyen a otras palabras de mal gusto o tabú, es decir, son a los que acudimos por el miedo que nos inspiran ciertos términos. Ahora resulta que alguien ya no mata su perro; “lo sacrifica”, y a la carestía se le llama “turbulencia económica”, y a empobrecerse aún más, “apretarse el cinturón”. Son los huevos “blanquillos”, y que ese borracho, “anda alegrito”, y la joven que yace con varón, “dio su mal paso”. Ya a nadie expulsan de su fuente de trabajo. Fue “reajuste de personal”, ¿Prostituta? No, “sexo-servidora”. Y el inválido dejó de serlo cuando pasó a la categoría de “individuo con capacidades diferentes”, como el desdichado muchacho que sobrevive en la alcantarilla ahora es “niño en situación de calle”. El desgraciado que perdió la vista ya no es un ciego, sino un “invidente”, y quien tiene la desgracia de dejar su libertad por estar en la cárcel ya no es más un preso, sino tan sólo un “interno”, aunque lo tengan muerto en vida. ¿Qué se murió? “Se nos adelantó”, ¿Qué es un anciano? Ya no, ahora es un “adulto mayor”, un “adulto en plenitud” que vive en la “tercera edad”. Me enteré hace poco de que la ONU, de los 365 días del año, concedió todo un día, un día entero, el 28 de agosto, a la celebración del Día del Anciano, y que se festeja a los “adultos mayores” desde 1982. Muy edificante. No tenemos remedio a jóvenes y viejos nos cuesta comunicar lo que queremos, utilizamos cascarones de palabras, lugares comunes y basurillas de carbón descargadas desde la baba del conductor de radio y TV hasta la de su mediocre imitador: los “shoping”, “hoy inicia”, “ropa casual”, “a la brevedad”, “cuestionado” -por interrogado-, “agresiva” -por vigorosa- “look” por aspecto, y la infame diarrea de muletillas: “este”, “o sea”, “digo”, “¿no?”, y “¡guau!”, ¿ladrido aprendido? Me toco escuchar el lenguaje verbal de unos muchachos en el transporte público cuyo vocabulario abarca a toda y para todo: “¿qué onda?” “Chale”, “No te manches”, siempre que no permanezcan enajenados en la pantalla del celular. Yo, incómodo con ese pobre lenguaje siempre empedrado de disparates, muletillas y cantinfleos me pregunte: ¿esa viciosa manera de expresión de los diversos estratos sociales es contagio de los “conductores” de radio, televisión y prensa escrita, o son las masas sociales quienes inficionan todos los medios de condicionamiento de masas?, quiero decir que en esta comunidad un disparate se adopta de forma instantánea y simultánea. El servilismo del mexicano hacia el idioma imperial en la industria del periodismo y la secreta aspiración de percibirse norteamericano de segunda. Esta cuestión del lenguaje querido lector me parece fundamental para salir de ese lóbrego hondón de la mediocridad en que tantos vegetan, y aun no tienen conciencia de su condición, pero aun antes que el propio lenguaje esta el amor. Amor a nosotros mismos y a la vida en todas sus manifestaciones. Y uno de mis grandes amores es el recurso supremo de la comunicación entre humanos, cómo no valorar el lenguaje, si es el medio de expresión espiritual con el que expreso mis pensamientos, mis sentimientos, mis sensaciones, mi desprecio por la mediocridad de quienes no tienen respeto por el idioma, y que ni siquiera son conscientes del naufragio al que lo arrojan apenas abren la boca. Los aspectos de las cosas más importantes nos están ocultos por su simplicidad y familiaridad. Uno es incapaz de advertir algo porque lo tiene siempre delante de sus ojos. Esto ocurre con muchos factores de la vida, pero de forma preponderante con nuestra facultad lingüística, porque el lenguaje, de sernos tan natural, nos pasa inadvertido en sus sorprendentes características. Yo soy lo que hablo y como lo hablo. “Hay una sola manera de degradar permanentemente a la humanidad, afirma el filósofo, y es destruir el lenguaje”.





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